Ir al contenido

Página:Carne doliente (cuentos argentinos) (IA carnedolientecue00ghir).pdf/66

De Wikisource, la biblioteca libre.
Esta página no ha sido corregida
—62—

El viento, que soplaba del norte, empujábale con sus efluvios cálidos, de fuego; el sol cruel, terrible, le hería las anchas espaldas con sus mil dardos ígneos; y el ambiente, todo, parecía azuzarlo, espolearlo, precipitarlo hacia la lucha violenta, hacia cl choque rudo, hacia el encuentro brutal, hacia la expansión primitiva de las fuerzas combativas, latentes en nuestra naturaleza.

- ¡Aquí! dijo de pronto el gaucho, recogió con brazo hercúleo la rienda de piel trenzada y paró de golpe el pingo frente mismo de La Esperanza, el más fuerte y respetado almacén de la colonia.

Echar pie á tierra, atar la cabalgadura y presentarse como un fantasma en la trastienda reservada, fué todo obra de un instante.

Era día de fiesta y allí, sentados amablemente, charlando y bebiendo cerveza embotellada se encontraba un grupo de vecinos, hombres caracterizados de la comarca, judíos agricultores en su totalidad que descansaban do las rudas tareas semanales.

-¡Canejo! ¡Y por tan poco! En tuavia es temprano pá asustarse, exclamó en su jerga