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Página:Carne doliente (cuentos argentinos) (IA carnedolientecue00ghir).pdf/67

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pintoresca el recién venido al contemplar el asombro de los circunstantes; y los ojos del gaucho relampaguearon en la semioscuridad de la estancia, con resplandores extraños que tuvieron la virtud de poner en sobre aviso á los plácidos parroquianos.

Tomó el importuno un banco y junto á una pequeña mesa, la única visible fuera de la en que bebían los judíos, ocupó su sitio. Golpeó fuerte después con el cabo del rebenque y esperó al mozo.

-Déme de esa misma bebida. ¡Una boteya pá mi sólo! ¿Oye?...

Volvió el mozo con una mala noticia. En la casa no había más cerveza. Así decía el patrón...

-Bueno, no importa, mire: sirvamé de esa, no más. Y señaló el gaucho, con el rebenque, la botella á medio vaciar erguida con altivez sobre la mesa grande. Los judíos se miraron sin decir palabra.

El mozo, muchacho extranjero también y bastante tímido, no se atrevía ni á desobedecer al gaucho que había entrado pretendiendo imponerse, ni á faltar el respeto á