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Página:Carne doliente (cuentos argentinos) (IA carnedolientecue00ghir).pdf/68

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los clientes conocidos. Al ver su indecisión el gaucho tuvo un arranque.

-¡Sirva, le digo! ¡O de no!...

El muchacho asustado tomó la puerta.

En tanto los judíos habían vuelto á mirarse y continuaban mudos, formando en medio de la sala, algo así como una grande, enorme interrogación.

-¡Canejo! dijo el gaucho levantándose con cierta majestad compadrona que le daba todo el aire de un dominador campestre, de un Mefistófeles pampeano.-¡A ver, gringos! agregó ¿por qué no invitan? ¡O van solos á tomarse todo el jagüel! Dejen un trago pá el gaucho pobre.... Y se acercó á la mesa. Alguien se atrevió á contradecirle, muy debilmente, por cierto, tratando de poner término á la insolencia.

Iba á hablar de nuevo el gancho cuando apareció el patrón.

-Haga el servicio de retirarse, será mejor para todos, dijo razonablemente el dueño de casa.

-Con usted no es el asunto, amigo, replicó el gaucho. ¡Hágase á un lao y no embrome!