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Página:Carne doliente (cuentos argentinos) (IA carnedolientecue00ghir).pdf/70

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sacó, rápido, el arma filosa y atropelló al grupo que tuvo que replegarse hacia el fondo. Sonó un tiro, el gaucho pareció vacilar un momento; enseguida, con mirada de águila, de animal de presa, escudriñó al enemigo y cayó, daga en mano, sobre el judío armado. Después un gemido, el ¡ay! del moribundo, un cuerpo que cae, el desbande del grupo ganando, aterrorizado, la puerta de salida y, por fin, la figura del gaucho, dueño del campo ya, destacándose terrible, limpiando sobre el cuerpo del vencido la hoja del acero ensangrentada.

-¡Aura sí! lijo; tomaré solo.... Y allí, al pie del sacrificado, empinó la botella que, milagrosamente, había quedado parada en medio del estrago.

Minutos después abandonaba el gaucho La Esperanza y, á galope corto, emprendía, tranquilo, el viaje rumbo al nido de la prenda.