-Que la suerte te ayude, Juan.
-Adios, prenda.
Estaban en la puerta del rancho cuando se oyó, afuera, el relincho del moro atado corto adentro del patio. Enseguida ladraron los perros.
-No te asustés, china. Será mi compadre Martín. Dejáme asomar.
La pobre mujer temblaba presintiendo cosas negras. Si fuera su compadre los perros se habrían callado. En cambio ladraban desesperadamente.
Cuando el gaucho se asomó á la puerta quedó como clavado en ella. Nunca había tenido miedo. Pero ahora.... ¡No! No fué miedo lo que sintió, en verdad. Es que se acababa de ver muerto y con él la prenda y el hijo. En la puerta del rancho había más de cien hombres armados. Eran los judíos, todos los judíos de la comarca. ¡Los vengadores! ¡Ah, guapos! ¡Un batallón, un ejército para él solo! Rujían. Las fieras venían á matar á la fiera. Entonces tuvo el rasgo supremo.
-Andá con el chico voz y dejáme salir solo.