Todo esplendía. La pampa, floreciente, crepitaba bajo la caricia fecundante del gran sol, centro del universo que dijera el anciano maestro en clausula tan imperecedera como su nombre.
Loca de espasmos la naturaleza toda daba á los vientos el lamento, la queja, el grito del eterno parto, de la eterna transformación, de la perpetua mudanza. Era la aurora.
Alegres, con el músculo fuerte y el cerebro. en ebullición continua, cruzabamos un pedazo del jardin porteño totalmente enbierto por silvestres flores, sobre cuyas hojas temblaban, lucientes, las gotas del rocio nocturnal. Todo parecia empapado de agua, luz y color.
Bella era la vida en medio de aquella gloria, de aquella palpitación. de aquel bregar sin tregua, en que los elementos todos, - fusion de átomos- presentaban el espectáculo de la gestación del mundo á simple vista de ojo.
¡Qué ansias de gustar cosas y sensaciones nuevas! ¡Qué deseo de sentir el hálito de las fecundaciones perennes invadiendo nuestros