Avanzó el gaucho arrastrando el poncho y el rebenque, prendas ambas que llevaba como colgadas en la mano izquierda y, al enfrentar á la puerta del comedor de la modesta vivienda, exclamó sin quitar los ojos del cuerpo hermoso de Maria que trataba, á toda costa, de esconderse detras de las polleras maternales:
-¡Ahijuna! ¡No te has dir lejos aunque te defienda el gringo!
Y los ojos del gaucho continuaban brillando llenos de codicia trágica,
Su frase era una frase de enojo. Se diría que hablaba, no á una mujer á quien se desea, sino á un enemigo á quien se odia.
¡Y Maria era su enemigo; el enemigo!... La madre, leona herida en su orgullo y en su carne, se paró, bravía, ante el gaucho insolente.
-Mire Doña, pa mi todo es igual; vengo resuelto. ¡Me da la hija ó los mato á todos!
La leona se vió impotente. Estaba sola en la casa con las hijas. ¿Qué hacer? Sin embargo ensayó un golpe de astucia pero sin resultado. Y al verse perdida quiso morir resistiendo.