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La casa entonces fue inundada de sangre y el gaucho hizo suyo á un cadáver. ¡La pobre rubia! El enemigo...
El relato terrible acababa de dejarnos mudos.
-¡Qué horror! dijo al rato alguien.
Otro esclamó:
-¡El gaucho Ferreyra! ¡No puede ser! Si es un buen hombre... yo le conozco... Y terminó, balbuceando, como abismándose en su terror: no puede! no puede!...
Un indignado, impulsivo, rugió:
-¡Debe morir!
Entretanto yo trataba de hacer el proceso de aquel estallido bárbaro y primitivo de calor sensual y sangriento, que habia impulsado al gaucho á aquel crímen que, para todos los demas circunstantes, no tenia nombre, emplicación ni justificativo humano posible.