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Página:Carne doliente (cuentos argentinos) (IA carnedolientecue00ghir).pdf/86

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colosales perspectivas presentadas por nuestras áridas planicies.

Un estudio inconciente le había dado lo que podríamos llamar el golpe de ojo, aclarándole las pupilas en cuyo fondo reflejábase la vida de las pampas, como las nubes y las constelaciones en el cristal de un lago.

El que huía era un matrero. El gaucho malo, el perseguido eterno, el levantisco, el bravío, uno de los últimos ejemplaros del centauro armado, hoy en derrota pese á sus astucias de zorro y á sus guapezas de león.

Hacía once horas largas que la partida de policía, mandada por el mismo comisario, seguía tras la huella del gaucho, con encarnizamiento felino. Dos veces la fuerza armada habíase visto en la necesidad de cambiar cabalgadura, á trueque de quedar entre las breñas burlada por el flete del perseguido.

—Si no me equivoco lleva el caballo cansado. había dicho el milico, gaucho también ayer pero vendido al orden, brazo derecho hoy, guía y luz de su jefe comprometido á llevar la cabeza del matrero para presentarla á los amilanados vecinos de la población,