Esta página ha sido corregida
—86—
III
—Mire, Ibáñez, usted me conoce. Sabe que soy incapaz de hacerle mal; pero tengo el encargo de prenderlo. Le aseguro que antes de poco tiempo yo mismo conseguiré su libertad porque su causa tiene defensa. Por otra parte estoy seguro que usted no hará armas contra mí.....
Era el comisario quien, adelantándose solo, hablaba con voz meliflua próxima á ser convincente.
—¡El niño Martín de comisario! ¿Que si lo conocía? ¡Vaya! Como á sus propias manos. Lo había hecho jugar de chico y le había enseñado á andar á caballo en el petizo overo de la estancia amansado por él mismo.
—Oiga, niño. ¡Ni á Dios me hubiera entregao! Pero mire, dése cuenta de mi situación y digamé si es posible que me deje llevar