dolo sobre los pastos. El comisario seguía sus movimientos sin perder un detalle.
—Y ahora ahí están mis armas. ¡Vea! Y empezó á echarlas en el poncho. Primero la daga. Las dos pistolas después. ¡Y hasta el rebenque también! ¿Para qué lo quería si iban á hablar como amigos?.... Y el gaucho se irguió cruzándose de brazos á cinco pasos del poncho.
—Diga no más, niño. Usted sabe que le habla siempre al criollo viejo.
Tratando como antes de inspirar la mayor confianza el comisario avanzó hasta ponerse frente à frente del gaucho desarmado.
—Escúcheme, Ibáñez... Y el comisario posó sobre el hombro del gaucho la mano izquierda en tanto que, disimulando el movimiento en lo posible, con la derecha desnudaba el revólver.
—¡Ahora sí! Tomá, gaucho pícaro!.... Y sobre el pecho del hombre descargó el arma.
—Fué como un rayo. El gaucho vaciló un momento.—¡Ahijuna, Dios me ha vendido! dijo después y avanzó sobre el poncho donde estaban las armas. Sonó un segundo tiro al propio tiempo que, claro y vibrante, podía