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percibirse el galope cerrado de los caballos de los milicos que avanzaban hacia el grupo, sable en mano.
—¡Niño Martín!.... ¡Qué ha hecho!... Y cayó desplomado.
El gaucho había muerto de pie con los ojos fijos en los de su matador, sin poder ver en ellos ya los reflejos del niño de ayer, la fiera de hoy convertida en autoridad.