tes, fuertes y heroicos como ayer en los choques de donde brotara la independencia americana,—pero ya sin conciencia, como arrastrados por un impulso ciego hacia la matanza y el esterminio. Así se hizo soldado.
Niño, arrancado de las faenas campestres, no conoció otra vida que la infecunda y ajitada del cuartel. Antes de manejar bien el lazo, aprender á arriar una tropa, ordeñar una vaca y esquilar una oveja, se le llevó junto al fogón militar, se le ató al cinto el sable homicida y se le prendió en el ojal de la chaqueta la divisa de un caudillo, el cacique politico del pago, señor moderno, no de horca y cuchillo como los del feudo antiguo pero si de bota y espuela, facon al cinto, poncho á la rastra y cinta azul en el sombrero de ala ancha y requintado en la nuca.
Después, cuando el caudillaje fué vencido, dominado por el político urbano—el gaucho de ciudad transformado en elegante de levita y galera de felpa—el muchacho, ya hecho al ambiente del miliciano pampa, continuó su vida infecunda enganchándose