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cap.
darwin: viaje del «beagle»

excursiones diarias a gran distancia de sus ordinarios albergues.

Frecuentemente puede verse a los cóndores en las altas regiones de la atmósfera, describiendo sobre un sitio determinado los más elegantes círculos. En algunas ocasiones estoy seguro que lo hacen sólo por recreo; pero en otras, según los campesinos chilenos, es que espían algún animal moribundo o al puma devorando su presa. Cuando los cóndores descienden rápidos y luego suben de pronto, el chileno comprende que el puma vigila el cadáver de su víctima y se ha lanzado sobre los intrusos para ahuyentarlos. Además de alimentarse de carroña, los cóndores atacan a menudo los cabritos y corderos, y, por lo mismo, se adiestra a los perros pastores en ladrarles furiosamente, alzando la cabeza, siempre que pasan volando. Los chilenos matan y cazan muchos. Dos son los métodos que emplean: el primero consiste en poner un animal muerto en un sitio llano, rodeado de una empalizada con una abertura, y cuando los cóndores están repletos de carroña, llegar a caballo corriendo a todo galope y cerrar la entrada, pues cuando el cóndor no tiene bastante espacio en que correr no puede dar a su cuerpo el impulso suficiente para levantarse del suelo. El segundo método se reduce a señalar los árboles en que suelen dormir, en número de cinco o seis, y luego, por la noche, trepar a ellos y echarles un nudo corredizo. Duermen con un sueño tan pesado, que la empresa anterior no tiene nada de difícil, según he presenciado yo mismo. En Valparaíso vi vender un cóndor vivo por seis peniques; pero el precio ordinario es de ocho a diez chelines. En cierta ocasión trajeron uno atado con una cuerda y muy estropeado; pero en cuanto cortaron la cuerda que le sujetaba empezó a desgarrar con furia una pieza de carroña. En un jardín de la misma población conservaban vivos unos 20 ó 30. No les daban de comer