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cap.
darwin: viaje del «beagle»

extensión de agua, medio rodeada por montañas bajas y redondeadas, compuestas de pizarra arcillosa y cubiertas de un boscaje denso y sombrío hasta el borde del agua. Una mera ojeada al paisaje bastó para hacerme ver cuán enteramente distinto era aquello de todo cuanto había visto hasta entonces. Por la noche sopló un viento tempestuoso y pasaron sobre nosotros fuertes turbonadas, procedentes de las montañas. Mal tiempo hubiéramos tenido a estar en alta mar; así que bien pudimos, como muchos otros, llamar a aquel abrigo la Bahía del Buen Suceso.

Por la mañana el capitán despachó un grupo a comunicar con los fueguinos. Cuando estuvimos a corta distancia, uno de los cuatro indígenas que estaban presentes se adelantó a recibirnos y empezó a vociferar con gran vehemencia, deseando indicarnos dónde habíamos de desembarcar. Cuando la partida desembarcó en la orilla, los fueguinos parecieron alarmarse; pero siguieron hablando y gesticulando con gran rapidez. Era, sin excepción, el más curioso e interesante espectáculo que jamás había presenciado: imposible imaginar la diferencia que existe entre el hombre salvaje y el civilizado; es mucho mayor que la que hay entre un animal silvestre y domesticado, por lo mismo que el hombre es susceptible de mayor perfeccionamiento. El jefe charlatán era viejo, y parecía ser el cabeza de familia; los otros tres, jóvenes fornidos y vigorosos, medían un metro y 80 centímetros de estatura. Las mujeres y los niños no parecieron por allí. Estos fueguinos pertenecen a una raza muy distinta de la cretina, miserable y ruin establecida más hacia el Oeste, y parecen tener estrechas afinidades con los famosos patagones [1] del estrecho de Magallanes. Todo


  1. Son los patagones, que con los araucanos pertenecen al grupo Aucano, indios que en su lenguaje se llaman Tsonecas, y por los araucanos, tehuelches.—Nota de la edic. española.