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tierra del fuego

animales inferiores; pero ¡cuánto más razonable sería hacer la misma pregunta con respecto a estos bárbaros! Por la noche, cinco o seis personas, desnudas y protegidas apenas contra el viento y la lluvia de este clima tempestuoso, duermen en la tierra húmeda, hechas un ovillo, como animales. Siempre que hay bajamar, en invierno o en verano, de noche o de día, han de levantarse a coger mariscos en las rocas; y las mujeres, o bien bucean en busca de erizos de mar, o bien permanecen pacientemente sentadas en sus canoas, y con una cuerda de pelo, a la que sujetan el cebo, sin anzuelo de ninguna clase, sacan pececillos. Cuando se mata una foca o se descubre el cadáver flotante y en putrefacción de alguna ballena, se celebra como un acontecimiento extraordinario, y esa miserable comida se acompaña con bayas y hongos insípidos.

No es raro que padezcan hambre: oí a Mr. Low, patrón de un barco dedicado a la caza de focas, muy bien relacionado con los indígenas de esta región, referir la situación en que se hallaron 150 fueguinos de la costa occidental a consecuencia de la falta de alimentos. Una serie no interrumpida de temporales impidió a las mujeres recoger mariscos en las rocas, mientras los hombres se vieron en la imposibilidad de salir en sus canoas a cazar focas. Un pequeño grupo de estos hombres salió una mañana, y los otros indios le explicaron a Mr. Low que iban a hacer un viaje de cuatro días en busca de alimentos. Cuando regresaron, Low les salió al encuentro y los halló excesivamente cansados, pues cada hombre iba cargado con una gran pieza de una ballena pútrida, con un agujero en medio, por el que metía la cabeza, como lo hacen los gauchos con sus ponchos o mantas de abrigo. No bien se llevó la ballena a un wigwam, un viejo la cortó en lonchas, y, musitando entre dientes algunas palabras, puso aquéllas al fuego por un minuto y las distribuyó entre el hambriento grupo, que durante este tiempo guardó el

Darwin: Viaje.—T. I.
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