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de la isla mauricio a inglaterra

ciones de caña de azúcar, que crecían entre enormes bloques de lava. Los caminos tenían sus lindes guarnecidas de setos de mimosas, y cerca de muchas casas se veían avenidas de mangos. Los paisajes, en que se combinaban las montañas de cimas cónicas y las tierras cultivadas, eran extraordinariamente pintorescos; de modo que a cada instante me sentía tentado a exclamar: «¡Cuán agradable debe ser pasar la vida en tan pacífico retiro!» El capitán Lloyd tenía un elefante, y le hizo llevarnos hasta la mitad del camino, para que disfrutáramos el placer de cabalgar a usanza india. La particularidad que más me sorprendió fué su andar reposado y silencioso. Este elefante es el único que al presente existe en la isla; pero se dice que mandarán traer algunos más.


9 de mayo.—Zarpamos de Port Louis, y, después de tocar en el Cabo de Buena Esperanza, el 8 de julio llegamos frente a Santa Elena [1]. Esta isla, cuyo desapacible aspecto ha sido descrito tantas veces, surge abruptamente del océano, a modo de un enorme castillo negro. Cerca de la ciudad, como para completar las defensas naturales, todos los huecos de las quebradas rocas están llenos de fortines y cañones. La ciudad se extiende siguiendo el fondo plano y ascendente de un estrecho valle; las casas reflejan holgado bienestar, y entre ellas crecen árboles de perenne verdor, en muy contado número. Desde cerca del ancladero se contempla una vista extraña: un castillo irregular enhiesto en la cima de una alta montaña, y entre algunos abetos esparcidos aquí y allá, proyecta su maciza fábrica sobre el azul del cielo.

Al día siguiente conseguí hospedarme en una casa que sólo distaba un tiro de piedra de la tumba de Na-


  1. Santa Elena tiene 122 km.² de extensión y 3.634 habitantes.—Nota de la edic. española.