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cap.
darwin: viaje del «beagle»

poleón [1]; era un sitio céntrico de primer orden, desde el que se podían hacer excursiones en todas direcciones. Durante los cuatro días permanecí en esta casa, y desde la mañana a la noche discurrí por la isla y examiné su historia geológica. Mis habitaciones se hallaban a la altura de unos 600 metros sobre el nivel del mar; el tiempo aquí era frío y revuelto, con frecuentes chubascos, y a cada instante el horizonte aparecía velado por espesos nubarrones.

Cerca de la costa la rugosa lava se presenta enteramente desnuda; en las partes centrales y más elevadas la descomposición de las rocas feldespáticas ha producido un suelo arcilloso, que donde no está cubierto de vegetación aparece veteado de bandas brillantes y multicolores. En esta estación, la tierra, humedecida por constantes lluvias, produce un pasto de vivo verdor, que, al paso que desciende el terreno, palidece y se hace cada vez más ralo, hasta desaparecer. A una latitud de 16°, y a la altura casi despreciable de 450 metros, sorprende contemplar una vegetación que tiene un carácter decididamente británico. Las colinas están coronadas por plantaciones irregulares de abetos escoceses, y las laderas de las lomas se hallan vestidas de árgomas con sus brillantes flores amarillas. Abundan los sauces llorones en las márgenes de los riachuelos, y los setos suelen ser de morales, que producen en abundancia su conocido fruto. Cuando se considera que el número de plantas halladas hoy en la isla no pasa de 746, siendo indígenas sólo 52 e importadas las demás, casi todas de Inglaterra, se comprende sin dificultad el carácter bri-


  1. Después de los volúmenes de elocuencia que se han derrochado sobre este asunto, es peligroso hasta la sola mención de la tumba napoleónica. Un moderno viajero, en 12 líneas, sepulta la pobre islita con los títulos siguientes: ¡huesa, tumba, pirámide, cementerio, sepulcro, catacumba, sarcófago, minarete y mausoleo!