Página:Coleccion de viajes y expediciones a los campos de Buenos Aires y a las costas de Patagonia.djvu/4

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con mas instruccion y auxilios? ¿Cuanta luz arroja aun sobre el Asia su primer historiador Herodoto, y su mas antiguo viagero Marco Polo? ¿Y que otra cosa son los geógrafos menores que recogiò è ilustró con tanto afán Hudson, sino nuestros Cardiel, Hernandez, Pavon, y Amigorena?

Si hay una ciencia que procede lenta y paulatinamente, es ciertamente la geografia. ¿Cuantas observaciones para determinar la verdadera situacion del Cabo de San Antonio, y calcular con acierto la latitud del de Santa María? Y sin embargo los mas ilustres navegantes han pasado delante de estos promontórios, y cada uno de ellos reincidió (para enmendarlos despues) en los errores de sus predecesores. Así se perfeccionan los conocimientos, que hubiera sido imposible llevar de otro modo al grado de madurez que han adquirido en nuestros dias. Y cuando á las causas que suelen retardar estos adelantamientos se agregan otras que los paralizan, se percibe entonces toda la importancia de estos ensayos, que son como los arranques que se dejan en los edificios para continuarlos.

Algunos de estos documentos disfrutaban de una celebridad que están lejos de justificar: tales son los informes de Sá y Farias, y Villarino sobre los puertos y establecimientos de la costa patagónica. Mas interesante nos parece el diario de Amigorena, y el de Hilario Tapary, que, sin recursos y escoltado por dos perros, emprendió el viage mas largo y desastroso que haya sido egecutado hasta ahora en nuestras pampas.

En su estilo sencillo expresa al vivo las sensaciones que experimentó al aspecto del desierto, y cuando tuvo que separarse de su compañero, y de uno de sus perros, que, en su desamparo, habian llegado á ser parte necesaria de su existencia. Estos incidentes no pertenecen á la geografia: pero ¡cual es el alma insensible que nos condene por haberlos reproducido en nuestra coleccion!

Todos estos documentos nos han sido franqueados por el Señor Canónigo, Dr. D. Saturnino Segurola, à cuya generosidad debemos