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roso esfuerzo de los Españoles, que los desbarataron y pusieron en fuga. Hallóse el pueblo de Guazacapam solo y desamparado de sus moradores y en ocho dias que estuvo en él Alvarado, no pudo conseguir que viniesen los indios y se redujesen á buena amistad; y asi quedó malogrado el trabajo de esta jornada, no consiguiéndose sojuzgar este señorío hasta el aüo de 1526, en que ya escarmentólos los indios con sus descalabros, se hubieron de sugetar á S. M. á esfuerzos de Don Pedro Portocarrero, Alcalde ordinario de esta Ciudad, que dejó por su Teniente General Don Pedro de Alvarado. Pero no podemos pasar en silencio el estravagante estilo de estos indios de Guazacapam de pelear con campanillas en las manos, sin que se haya podido brujulear cual sea el fin de uso tan estraño.

Continuó sus marchas el ejército, dirigiéndose para Pazaco, pueblo cuya espugnación se hacia dificil, asi por su situación, como por la ayuda de sus aliados y circunvecinos los pueblos de Sinacantan, Nancinta y Tecuaco, con otros mas dístantes que también concurrieron á sostenerlos; pero sobre todo, por el grande y caudaloso rio de los Esclavos, que impide el paso. Mas como las dificultades y peligros parece que servían de espuela á nuestros Españoles, no deteniéndolos nada de esto, caminaron para el espresado pueblo. Pero los indios se valieron de un ardid, que hizo grave daño á nuestras tropas: pues sembrando el camino de estaquillas, lastimaron los pies de los infantes y los cascos de los caballos: ni paró en esto el daño, porque estando algunas de las referidas púas envenenadas, hacían morir dentro de dos ó tres dias a los heridos con insaciable sed. Conocido el ardid, aunque tarde, siguieron los Españoles su camino, estraviando las sendas y llegaron á las márgenes del rio de los Esclavos, que pasaron sin que se sepa si fué á nado ó por algún puente que fabricaron. Superadas estas dificultades, marchó el ejército sin tropiezo hasta las inmediaciones de Pazaco: aqui se dejó ver una multitud de guerreros, que defendiendo la entrada del pueblo con una espesa lluvia de saetas, vara y piedra, casi hacían desconfiar á los nuestros de la victoria. Trabóse una sangrienta ba-