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tados y muertos algunos de sus cabos, se retiraron. Libres al parecer los Españoles de los insultos de los indios, superado el gran peligro del puente de Sámala, que era de madera y muy estrecho, tomaron el camino de Xelahuh, marchando bien prevenidos y recelosos de las cautelas y ardides de estas gentes. Comenzaron á subir una cuesta de agrio y penoso camino, (que hoy llaman la cuesta de Santa María de Jesús); mas á este tiempo se opusieron al paso de nuestros tercios numerosas huestes de indios; y lo mismo hicieron en la eminencia de la cuesta: de suerte que del rio de Sámala al de Olintepeque se centraron seis batallas, en que siempre salieron los indios desbaratados. Pero la de la barranca de Olintepeque fué la mas atroz y sangrienta; pues se vio el citado rio teñido de sangre de los miserables indios, motivo por que desde entonces se llamó Xequigel, que quiere decir rio de sangre. Y aunque so retiraron, á breve termino so rehicieron con otros escuadrones y volviendo á encenderse la batalla, acometieron á los Castellanos con tal furia y desesperación, que se asian tres ó cuatro indios de las colas de los caballos, procurando á fuerza de brazos dar en tierra con caballos y ginetes. Fué esta ocasión una de las de mas conflicto para los nuestros, por los muchos escuadrones de indios que concurrieron y los apretaban por todas partes; pero hicieron tan vigorosa resistencia, que destrozaron y pusieron en fuga á los Quichées, quedando muchos en el campo y entre estos el Teniente General Ahzumanche.

Tres dias estuvieron los indios del gran Quiché sin emprender facción alguna, y los mismos permanecieron los Castellanos, no como dice Herrera alojados en Quezaltenango, sino en la descubierta campaña: al cuarto marchó el ejército para la gran ciudad de Xelahuh y entrando en ella la halló desamparada de sus moradores, en la mas triste y silenciosa soledad. Salieron esploradores en busca de los indios de esta populosa ciudad y trajeron algunos prisioneros, que declararon haber muerto en las batallas de las barrancas dos Señores principales de Utatlan, el uno llamado Ahzol, gran Capitán y deudo del Rey, el otro su rodelero Ahpocob, que mandaba un numeroso escuadrón; y que la mayor parte de los habitantes de Xe-