clados; pero son siempre fáciles de distinguir. No pretendo justificar un compuesto tan extravagante; ése es el punto más importante de esta obra, y es justamente del que no puedo dar razón. No me resta ya mas, en este prefacio, que dirigirme a una clase de personas; pero éstas son las más dificiles de contentar, no porque no haya muy buenas razones que oponerles, sino porque tienen el privilegio de no pagarse de ninguna buena razón cuando no quieren. Estas son las personas escrupulosas, que pueden imaginar que hay algún peligro, respecto a la religión, en poner habitantes fuera de la Tierra. Yo respeto hasta las delicadezas excesivas que se tengan en materia de religión; y aun la hubiese respetado hasta el punto de no querer herirla en está obra si fuese contraria a mis sentimientos. Pero, lo que acaso va a parecernos sorprendente, ella no se relaciona siquiera con este sistema, en que yo lleno de habitantes una infinidad de mundos. No es preciso mas que corregir un pequeño error de imaginación. Cuando se os dice que la Luna está habitada, os representáis inmediatamente en ella hombres hechos como nosotros; y después, si sois un poco teólogo, os encontráis llenos de dificultades: la descendencia de Adán no ha podido extenderse hasta la Luna, ni enviar colo— nias a aquel país: los hombres que hay en la luna no son, pues, hijos de Adán. Ahora bien: habría una gran dificultad, dentro de la teologia, en admitir que hubiese hombres que no descendiesen de él. No hay necesidad de decir más sobre esto; todas las dificultades imaginables se reducen a ésta, y los términos Digitized by Google
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