es tan agradable, comunicádmela; yo creeré todo lo que queráis de las estrellas, siempre que encuentre placer en ello. —Ah, señoral—respondi inmediatamente—, éste no es un placer como el que hallaríais en una comedia de Moliére; es un placer que está yo no sé dónde en la razón, y que no hace refr mas que al espíritu. —Pues qué—exclamó—, ¿me creéis incapaz de los placeres que no residen mas que en la razón? Yo quie ro convenceros inmediatamente de lo contrario. Enseñadme vuestras estrellas. —No—repliqué yo—, nunca se me reprochará que en un bosque, a las diez de la noche, haya hablado de filosofía a la persona más amable que conozco. Bu'scad por otro lado vuestros filósofos. Hubiese sido inútil continuar defendiéndome de este modo; fué preciso ceder. Le hice prometer, al menos, por mi honor, que me guardaria el secreto; y cuando ya no pude retroceder y quise hablar, vi que no sabía por dónde comenzar mi discurso; pues con una persona como ella, que no sabía nada en materia de física, era preciso tomar las cosas de muy lejos para probarle que la Tierra podia ser un pla— neta, los planetas otras tantas Tierras y todas las estrellas otros tantos soles que iluminasen mundos. Todo se me volvía repetirle que hubiera sido mejor entretenerse en bagatelas, como todas las personas razonables hacían en nuestro lugar. Por fin, sin embargo, para darle una idea general de la filosofía, he aquí por dónde empecé. Toda la filosofia—le dije—no está fundada mas Digitized by Google
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