que en dos cosas: en que tenemos un espiritu curioso y los ojos imperfectos; pues si tuvieseis ojos mejores que los que tenéis, veríais si las estrellas son soles que alumbran a otros tantos mundos o si no lo son; y si, por otro lado, fueseis menos curiosa, no os cuidaríais de saberlo, lo que os conduciría a lo mismo; pero se quiere saber lo que no se ve. Y esa es la dificultad. Todavía, si lo que se ve se viese bien, siempre seria esto un algo ya conocido; pero se ve muy de otra ma— nera de como es. Así, los verdaderos filósofos pasan su vida en no creer lo que ven y en tratar de adivinar lo que no ven; y esta condición no es, me parece, demasiado envidiable. En esto, yo me figuro siempre que la Naturaleza es un gran espectáculo que se parece al de la Opera. Desde el sitio que ocupáis en la Opera no veis el teatro como es enteramente; se han dispuesto las decoraciones y las máquinas para conseguir desde lejos un efecto agradable, y se ocultan a vuestra vista las ruedas y los contrapesos que producen todos los movimientos. Tampoco os apuráis en adivinar cómo funciona todo esto. Apenas hay mas que algún maquinista oculto en el patio del teatro, que se inquieta por algún vuelo que le ha parecido extraordinario, y que quiere darse completa cuenta de cómo este vuelo ha sido ejecutado. Bien veis que este maquinista es bastante parecido a los filósofos. Pero lo que, respecto a los filósofos, aumenta la dificultad es que, en las máquinas que la Naturaleza presenta a nuestros ojos, las cuerdas están pérfectamente ocultas, y lo están tanto, que se ha empleado mucho tiempo en adivinar lo que causaba los movi Digitized by Google
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