cesa y secretario perpetuo de la de Ciencias; a sus atractivas cualidades personales, a los encantos de su conversación—que le hizo ser el alma de los salones del siglo XVIII, a todo esto, más que a sus libros, se debe seguramente el gran influjo que ejerció sobre sus contemporáneos. Se le tacha de egoísta; a él se debe la frase: Si tuviese la mano llena de verdades, me guardaria de abrirla. Sin embargo, ha sembrado muchas, y, bondadoso en el fondo, era de carácter dulce, y en su trato, afectuoso y cortés. Espíritu enciclopedista, ávido de toda clase de conocimientos, cultivo diferentes géneros y tocó diversos asuntos, con éxito muy desigual y vario. Tomó parte en la disputa llamada de antiguos y modernos, sosteniendo la superioridad de éstos sobre los primeros, defendida por Boileau y Racine. Escribió varias tragedias, todas tan mal recibidas, que en una de ellas, Aspar, señala Racine, con su célebre epigrama, el origen de silbar las obras teatrales rechazadas. Sus poesías pastoriles no son más dignas de elogio, como tampoco sus libretos para las óperas Psiquis y Belerofonte, Tetis y Peleo, Lavinia y Endimión. Los diálogos de los muertos constituyó su primer triunfo, las CONVERSACIONES SOBRE LA PLURALIDAD DE MUNDOS, Su libro más popular; la Historia de los Oráculos, la más combatida por su atrevimiento; pero no encontró su verdadero camino, el adecuado a sus aptitudes especiales, hasta los Elogios a los Académicos, en su Historia de la Academia de Ciencias, de la que fué secretario desde 1699 a 1737. Publicó además: Dudas sobre el sistema físico de las causas ocasionales; Juicio de
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