abierto á la libertad; de la indignación con que hubo de verse el abuso de fuerza exterior que puso en peligro la nacionalidad, en 1838 por cuenta de la Francia de Luis Felipe, en 1847 por la de la República Norte-Americana, y en 1862 por la del Imperio del tercer Napoleón: de todas estas causas de nuevos desórdenes y confusiones no podían resultar otros efectos que las persistentes luchas aquellas, en que el aludido torpe criterio internacional pretendió basarse para declarar á México ingobernable. Pero cuando á los últimos formidables ccos de aquella sucesión de conflictos, la paz empezó á brillar sobre el sepulcro del insigne Juárez y sobre la expatriación de D. Sebastián Lerdo, el país así aleccio undo vió que la paz era buena, y se impuso enérgicamente el descauso. Entonces fué cuando siguiendo la noble y santa aspiración de suis conciudadanos, el actual Presidente de la República Mexicana, que en su carrera militar brillante y sin tacha había llegado á ser visto como el primer soldado de la libertad, ayudándose sólo con sus ideas liberales, su entusiasmo por el adelanto nacional, su administración honrada y previsora, su tacto en las funciones civiles y en la resolución de toda especie de asuntos políticos, hacendarios y diplomáticos, supo hacer á México próspero como nunca, conquistar el más houroso título de su primer ciudadano, y ofrecer á las generaciones futuras, ejemplo, que estudiarán con fruto, de cómo la energia y el juicio pue den merecer á un carácter bien definido, la admiración universal, y el amor entusiasta y franco de un pueblo que orgulloso ve en el Gral. D. Porfirio Díaz un hombre de Estado tan hábil como antes fué excelente soldado. Sobre esta base, la transformación del país ha sido verdaderamente maravillosa, y maravillosamente rápida: la industria ha renacido en todos sus ramos; la minería y la agricultura prometen el bienestar, y alfombran con sazonadas mieses los antes yermos campos de guerra: los ferrocarriles y el telégrafo estrechan la unión y las relaciones entre los ayer hermanos enemigos; no se conocen ya otras agitaciones que las de la competencia inercantil, y el crédito nacional, mucho tiempo imposible, proporciona à México, en las antes para él clausuradas plazas extranjeras, los préstamos á millones y la justicia con que todo el universo crec en la honradez y en la prudencia de su gobierno. Natural faé, por lo mismo, que la culta Europa, representada br¡Ilantemente en Estocolmo por insigne mayoría de sus sabios, al acordar en agosto de 1894 la celebración de un período extraordinario de sesiones del Congreso de Americanistas en el mundo de Colón, eligiese à México para dispensarle la honra de ser el primer pais americano que figurase en la lista del asiento sucesivo de sus asambleas.
Página:Crónica del undécimo Congreso internacional de americanistas, primero reunido en México en octubre de 1895; (IA cronicaundecimo00olavrich).pdf/8
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