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CUENTOS

y todos arrojan la semilla, y en breve las mieses llenan el granero; ábrense los pechos bronceados por el sol para aspirar el sagrado incienso de los campos, ese incienso que sube como acción de gracias hasta aquel trono donde saben que el Niño invisible de la Noche-Buena tiene su silla de oro!

Y cuando la tierra se ha cubierto de verdura y las flores silvestres de esas llanuras congregan millares de aves de cantos nunca oídos de vosotros, es de ver la escena conmovedora del rancho del labrador. Encima de un altar cubierto de flores rústicas, adornado con mieses nacientes, de brotes tiernísimos y de primicias de la tierra, la familia del campesino, con los niños medio desnudos, pero sonrientes, se arrodilla y reza al Niño-Dios, hecho de cera y acostado sobre una camita de hierba en flor, fresca y olorosa, de la que ellos llaman el pasto del Niño, porque saben, ellos también, que Dios nació sobre una cama de hierbas.