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CUENTOS

ideal, hacia donde vuelan los espíritus en su ascención eterna.

Jamás, durante los largos días de contemplación silenciosa á mi amada pensativa, recuerdo haber solicitado su atención ni su mirada: no, habría creído cometer un crimen, cortando el lazo invisible que unía sus ojos, su alma entera, con el sol poniente, con el horizonte lejano donde sin duda ella veía un punto fijo, una tierra prometida. Era para mí una sagrada, una inviolable actitud reveladora de un gran misterio, de una religión íntima, de un voto cuya ruptura atraería las cóleras de la divinidad. ¿Cómo hubiera podido profanar su éxtasis, si era la hora en que el campanario llamaba á rezar, en que la muerte del día evocaba los pensamientos sombríos, y cuando mi triste amiga lloraba á torrentes lágrimas que sepultaba en lo íntimo de su corazón? No, no lo habría hecho nunca, y nunca perturbé su dolorosa contemplación del crepúsculo del sol expirante.