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CUENTOS

tan inmenso horizonte, y que no pueda verle iluminando todo el ámbito de la patria? No; si es preciso correré hasta la cúspide más alta, trasmontaré la esfera de las nubes, llegaré al espacio libre... ¡Fuerza es que lo admire en toda la esplendidez de su majestad!

La hora solemne se aproximaba, las nubes de la noche empezaron á desgarrarse, á despedazarse, á dispersarse y á huir de prisa, escondiéndose en parajes ignorados y dejando ver el azul del cielo, los celajes lejanos, tendidos en el límite del espacio y de la tierra, encendidos en fulgores de oro incandescente, se partían en hondas y anchas aberturas y se levantaban en forma de arcos de triunfo sobre pedestales de montañas; por los espacios abiertos inundaba la luz, la luz desbordante y blanca del rey de los astros, y las altas cimas se coronaban de lampos prematuros, salidos como heraldos de gloria á anunciar la llegada del soberano.

¡Oh! qué grandiosa, qué solemne es-