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CUENTOS

amaba con delirio, lo escuchaba con sed, porque la había en su espíritu, de luz y de verdad, de amor y de justicia. Sus ideas propias, espontáneas y limpias como la corriente que surge de la gruta, fluían agradando, imponiéndose, arrancando siempre aprobación y concluyendo por rodearse de una atmósfera tal de respeto, que nadie se atrevía á hablar en su presencia sino con circunspección, con recato, cuidando de no torcer el más recto sentido de la frase: su aspecto corregía la intención del interlocutor.

¿Qué fuerza desconocida era la de este hombre, que así lo hacía el centro de todas las miradas, el objeto de todos los amores? Ese influjo secreto se revelaba en toda su persona, en la placidez de su semblante, en la serenidad de sus ojos, en la dulzura de sus modales, en la unción de sus palabras, que brotaban como raudales de una fuente cristalina escondida en su corazón.

Vivió en una aldea que se acuesta al pie de los Andes; allí había levantado