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CUENTOS

la mansión apostólica, donde su familia, como las de la antigua Grecia, rendía culto á los dioses manes y quemaba incienso en los altares de Céres. Allí le habrían tomado por un sacerdote de la deidad coronada de espigas de oro. Era labrador, y este sagrado oficio que ha cantado el poeta mantuano, engendró en el las ideas y los sentimientos puros que le consagraron como bueno. Sí, Virgilio le habría inmortalizado en un exámetro.

Yo lo he visto, en medio del bullicio colosal de la metrópoli, pasar tranquilo delante de las majestuosas construcciones del arte moderno, y estallar en exclamaciones de orgullo por la grandeza de la patria; pero sus miradas se volvían al occidente buscando las cimas nevadas que velan el reposo de su aldea.

¡Cuánta trascendencia en este fenómeno de su espíritu! Era la patria sentida en toda su significación, hasta el más lejano de sus términos. En un solo hombre se realizaba el problema final