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CUENTOS

algunas telas del Renacimiento; por las altas claraboyas de la elegante rotonda central penetran haces de sol que ponen en revuelta los corpúsculos errantes y van á bañar de palidez á los cirios y á las bujías amarillentas; y abajo, la multitud de las mujeres, encendidos los rostros por el aire cálido, agitan todas á un tiempo los abanicos, asemejándose el conjunto á un campo de lirios que meciese el viento.

Pero es entonces cuando el órgano colosal, erguido sobre el coro hasta rozar la bóveda, empieza á tronar como el cielo irritado, precipitándose los torrentes de armonías como los que bajan de las montañas; sacúdense los muros, vibran los cristales, estremécense los altares y las colgaduras como poseídos de temblor nervioso; las crecientes sonoras llenan las naves y se desbordan escapándose por las puertas hasta las calles, que también se inundan de gigantescas corrientes armoniosas.

Yo me había situado en el coro para