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CUENTOS

sí,—que ahogar las penas con el licor. Si Dios me castiga, que sea con la muerte, pero, por lo menos, yo no lo he de sentir"; y empinaba de nuevo la botella para matar en la conciencia los dos pensamientos que ahora le torturaban; ¡y los dos eran tan tenaces, tan profundos, tan dolorosos! El pobre muchacho estaba desconocido. Sus nobles facciones, sus ojos negros y brillantes, su apostura caballeresca parecían marchitos por un principio de muerte lenta, como se ponen las hojas del sarmiento trepador cuando el insecto ha cortado la raíz en el fondo de la tierra.

Daba lástima contemplarle: vacilante, instable sobre la montura chapeada, atinando apenas á imprimir rumbo á la paciente bestia, la cual le conducía con un cuidado maternal, evitando las ramas espinosas, suavizando las bajadas y los pasos difíciles, deteniéndose bajo la sombra de los árboles, soportando con resignación amorosa los caprichos y los rigores de su inconsciente dueño.