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CUENTOS

El alba venía ya ; se anunciaba por la brisa fresca que la precede en aquellas comarcas, por la casi imperceptible tinta rojiza que empieza á teñir los vapores de la noche, y al fin, por un ligero piar en los nidos y en los aires.

Mauricio se incorporó de pronto, como poseído de una pesadilla horrorosa; se restregaba febricitante los ojos y los abría con avidez; no podía ser, jamás, lo que veía apenas por la luz inicial del día y con la aún dudosa claridad de sus sentidos... Confundíale, trastornábale gradualmente su informe raciocinio. Él recordaba haber salido hacía mucho, y no obstante, estaba allí, solo, tirado en el suelo; ¿adónde fué y cuánto tiempo pasó desde entonces? Su razón se turbaba cada vez más, latiéronle las sienes con dolores agudos, clavó sus miradas de poseído sobre la deslustrada pared del sepulcro que tenía á su lado, y por último, pudo ver en él un nombre, una reliquia conocida; y lanzando un grito espantoso que hizo vibrar el espacio: