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CUENTOS

de los charcos malolientes, y le dió, sin duda para hacer amar mejor la armonía por horror al contraste, pretensiones de músico, sin la organización vocal y auditiva aparente; y así, no seria extraño que el pobre animal pensase para sus adentros, al emitir sus gritos destemplados y feos, que canta, cuando menos, un recitado gregoriano.

¿Y entre nosotros, los míseros humanos? No he de hablar de las enormes degeneraciones criminales, ni de las pasiones mezquinas, ni de los horrendos vicios que manchan á este soberano rey de la creación que llamamos el hombre, porque no quiero hacer de moralista, sino de otras inofensivas y propias más bien de la materia que no del alma. Quiero pintar un tipo de hombre excepcional, un personaje curiosisimo hasta lo inverosímil, que vive aún en mi pueblo.

Se llama Cara y, ya lo veis, empieza por llevar nombre de mujer. Le conocí desde mi infancia y era el cuco de los