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CUENTOS

nía. Y se hace al fin huésped de todas las casas á la hora del mendrugo; y allí se le vé, en un rincón de la cocina, dormitando con esas languideces del hambre, hasta que le toca el turno. ¡Pobre Cora! Pero á fuerza de compadecerle todos, al fin lo pasa bien, porque se le viste, se le da abrigo y se le alimenta. Ha llegado á tutear á los más encopetados señorones de la población y se las tiene de igual á igual hasta con el mismo Gobernador de la Provincia, su grande y tradicional amigo, quien ha dispuesto que se le reserve ración y alojamiento en la casa policial. Este exótico ejemplar de hombre no conoce, siquiera como los brutos, las dulzuras del hogar, el calor materno que alienta la vida de todos los seres animados; y quizá sea ese horrible vacío, para el incomprensible, lo que ha engendrado su fácil sentimentalismo y su inclinación á llorar por un mínimo contratiempo en su manía favorita, la música.