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CUENTOS

llevaron libros, los demás no pisaron otra vez mi salón, haciéndome todos el vacío y dejándome solo con mi estante improvisado y en frente de mis viejos y carcomidos librotes.

Y á fe que se lo agradezco, porque no tuve más remedio que ponerme á leerlos uno tras otro, y al cabo de algunos días no había poder humano que me arrancase del sillón de mi despacho, donde me pasaba los días enteros sin ver el sol, amarrado de cuerpo y alma por el encanto secreto de aquellos infolios desenterrados de un sueño que hubo de ser eterno.

El espíritu contemporáneo, representado por mis compañeros y mis hermanos, hacía lo posible por arrancarme de mi retiro y de mi encierro; y luego, ya fué mi padre quien me ordenó dejar aquella desatinada lectura, por temor de que ella causase un grave daño en mi salud. Tenían todos razón; era yo muy niño, pero por eso mismo no tenía fuerzas para desasirme de las invisibles