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CUENTOS

caban por todas partes. Yo corría dando saltos inverosímiles, ciego, poseído de horrible espanto y sólo pude volver al conocimiento cuando mi madre ocultó entre sus dos manos mi rostro encandecido.

Ya ha pasado mucho tiempo. He vuelto hecho hombre á aquel pueblo donde formé mi célebre biblioteca, donde adquirí esta enfermedad de los libros, y al volver, no he encontrado sino algunas reliquias salvadas de la dispersión total de la que fué Biblioteca Avellaneda; en la casa paterna no ví más que la soledad y la desnudez; en la huerta y en la viña ni un recuerdo de los árboles y rosales exuberantes de la infancia; y por último, en el fondo de mi sér un hacinamiento de ruinas, entre las cuales arde, como lámpara de un santuario, una llama inextinguible, —un deseo alimentado de esperanza, una sed de ideal siempre más intensa, cada vez más insaciable!