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El Entierro de Róger Malvin

a los objetos inanimados, se despidió de los pocos que aun se apellidaban sus amigos a despecho de la ruina de su fortuna. La tristeza de la partida mitigábase en diversas formas en cada uno de los peregrinos. Rubén, hombre caprichoso y misántropo a causa de su desdicha, partió con su severa fisonomía habitual y con los ojos bajos, sintiendo poca pesadumbre y desdeñando reconocerla. Dorcas, sollozando fuertemente por el desgarramiento de los lazos con que su naturaleza sencilla y afectuosa se había unido al lugar, sentíase de otro lado confortada a la idea de que los seres queridos de su corazón marchaban con ella y que estarían reunidos dondequiera que se dirigiesen. Y el mancebo, a la vez que enjugaba una lágrima en sus ojos, pensaba en el placer de las aventuras que le brindaba la selva jamás hollada.

¡Oh! ¿quién no ha deseado, en el entusiasmo de un ensueño a ojos abiertos, vagar en la inmensidad de un desierto estival, sintiendo en el brazo el peso ligero de una criatura dulce y bella? Los jóvenes no encontrarían más barrera a su paso libre y triunfante que el bullente océano o las montañas coronadas de nieve; el hombre tranquilo elegiría su hogar allá donde la naturaleza ha provisto doble riqueza, en el valle de algún transparente arroyuelo; y cuando la edad provecta le alcanzara allí, tras largos años de esta pura existencia, encontraríale convertido en el padre de una raza, en el patriarca de un pueblo, en el fundador de lo que estaba llamado a ser una nación. Y cuando la muerte llegara hasta él, como el dulce sueño que