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Cuentos Clásicos del Norte

invocamos tras un día de felicidad, sus numerosos descendientes llorarían sobre sus venerados restos. Envuelto por la tradición en misteriosos atributos, sería semejante a un dios para las generaciones venideras; y su posteridad más remota le miraría en un pedestal, dominando el valle milenario en el esplendor de su gloria.

La intrincada y sombría selva a través de la cual vagaban los personajes de mi cuento era completamente diferente de la tierra fantástica del soñador. Posesionábase de su existencia la naturaleza, a pesar de todo; y las aflictivas preocupaciones traídas del mundo exterior eran lo único que se oponía ahora a su felicidad. Una robusta y peluda caballería, que conducía todas sus riquezas, no protestaba por el pequeño peso de Dorcas que se le agregaba a veces; ya que generalmente el vigor de su raza la sostenía al lado de su marido durante la última parte de la jomada diaria. Rubén y su hijo, con el mosquete al hombro y el hacha colgada a la espalda, conservaban su paso infatigable, espiando con ojos de cazador las piezas que servían para su sustento. Cuando el hambre se dejaba sentir, deteníanse y preparaban su alimento en el bosque, en el margen de algún inmaculado arroyo que protestaba con dulce murmullo, como una doncella al primer beso de amor, cuando se arrodillaban para beber rozándolo con sus labios sedientos. Dormían en una choza fabricada de ramas y despertaban al brotar la aurora, frescos para emprender las tareas del nuevo día. Dorcas y el mancebo viajaban alegremente,