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entrada. Una lámpara sepulcral, en donde ardia sin consumirse un aceite odorífero, bañaba de pálida luz aquel misterioso retiro. Sobre una mesa, colocada en el centro de la gruta, yacia la armadura encantada, y á su lado se veía el corcel árabe enjaezado como para el combate, pero inmoble como una estátua. Las armas estaban tan tersas y brillantes como cuando salieron de las manos del artífice; el caballo fresco y lozano como si acabase de pacer en el campo; y en el momento en que Ahmed le dió una palmada en el cuello, empezó á herir la tierra con la mano, y dió un relincho de alegria que estremeció toda la caverna. Provisto de armas y caballo, ya no sintió el príncipe otro afecto que la impaciencia de entrar en liza con sus rivales.