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puerta se cierra. Ni él protesta, ni titubea la familia. El cariño es una cosa y esto es otra...»
—¿Verdad que es un pueblo extraño?—añadió Igor, que aún parecía sentir la horripilación de la cabaña que creyó tálamo y era ataúd.
—No es pueblo—respondí—. Es una plaza sifiada por hambre... ¡Sobran las bocas inútiles...!