á la derecha de la esposa de Duplay, sostuvo la conversación interrogándole sobre arte y literatura. «Pronto—dijo con benignidad—te mostraré las pinturas de Gerard y de Prudhon. Verás como el pincel eclipsa á la naturaleza...»
Acostóse Armando tan contento, tan embriagado de ventura, que ni dormir conseguía. Aquella familia ideal, aquel interior afectuoso, cordial, artistico, en que se rendía culto á la amistad y á la belleza, aquellas criaturas gentiles que le acogian como hermano... Todo ello sobrepujaba á lo que pudo haber soñado nunca!—Cuando concilió el sueño, fué un dormir el suyo á la vez ligero y febril, en que el cerebro repasaba las escenas de la vispera, mejorándolas aún. Se veía á sí mismo en un valle florido de rosas, cogiendo de la mano á Isabel, guiado por ella y por el lector hacia un templete de mármol, donde un ara revestida de hiedra sostenía á un cupido riente, que aproximaba dos antorchas para confundir su llama...
Un estrépito en la calle le despertó con sobresalto. Era día claro: saltó del lecho, abrió la ventana, y se puso de bruces en ella. Le inmovilizó el horror.—La faz de una cabeza cortada, lívida, que llevaban en el hierro de una pica, había venido casi á tropezar con la cara de Armando. Negra sangre destilaba el cuello; algunas moscas revoloteaban, porfiadas, alrededor del despojo. Y el grupu, deteniéndose bajo la ventana, rompió en vitores.