compunción religiosa solemnizaba su semblante; un ligero carmín teñía sus mejillas chupadas; pero lo único que pude arrancar á su reserva, fué un dicho propio para avivar la curiosidad:
—¡Ah! Eso, quien lo sabía bien, era aquel que vivió por otro.
Como transacción, pues yo la acosaba, se resignó á explicarme de qué manera se puede vivir por otro. En cuanto al enigma del Delfin, tuve que resignarme á estudiarlo años después, en libros y revistas, cuando ya la anciana francesa se convertía en ceniza dentro de su olvidada sepultura.
—No le llamaremos sino Jacobo; omitamos su apellido—me había dicho, exagerando la reserva, en ella característica—. Jacobo era el onceno de los catorce hijos de unos señores linajudos y escasos de dinero. Su tío y padrino ejercía en París la profesión de maestro de baile, y era hombre de porte elegante y escogidas maneras. ¡Qué tiempos aquellos tan hermosos! Hoy no se aprenden modales finos; hoy las señoritas levantan el brazo más arriba de la cabeza y no saben hacer una reverencia ni ante Nuestro Señor sacramentado... En suma, el padrino de Jacobo contaba, entre sus alumnos, á todos los niños del arrabal de San Germán, al primer Delfín y á Madama Royale. Jacobo era ágil, distinguido y guapo: su padrino le enseñó el baile y le presentó á la nobleza y á la corte. A los trece años Jacobo danzaba, una vez por sema-