—No alcanza mi poder á eso. Te he servido bien: me he desviado de ti veinte veces, te he quitado de delante estorbos, y te he mullido el camino con tierra de cementerio. Pero mi acción tiene límites, y el amor y el odio son más fuertes que yo. Habrás cárcel por muchos años: los deudos de tu rival han resuelto que te pudras en ella..
Mesándose el cabello don Beltrán, insistió con ardor:
—¿No hay ningún recurso, madrina? Por ahí fuera hace sol, la gente se pasea, brillan los ojos, resuenan músicas festivas, requiebran los galanes, se cruzan estocadas... ¡Y yo aquí, sepultado en una fosa, expuesto á que me saquen con coraza y sambenito! Madrina, tú eres omnipotente, temida y respetada... ¡He sentido tantas veces tu protección terrible! ¿No acertarás á salvarme ahora?
La madrina calló un momento, y luego articuló, entre un susurro lento y prolongado, como el de los árboles de inmensa copa:
—Sé un remedio para darte libertad. ¿No lo adivinas? Yo saco infaliblemente á los mortales del sitio en que penan, llevándoles conmigo.
Sintió un sutil escalofrío don Beltrán, y se tapó los ojos con las manos. Cuando las apartó se halló solo: la madrina había desaparecido. En más de dos años no se atrevió el ahijado á invocarla. Al contrario, á ratos la conjuraba para que no se acercase: temía la tentación de asir aquella mano