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Página:Cuentos trágicos (IA cuentostragicos00pard).pdf/212

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E. Pardo Bazán

da; pero ni el puesto que ocupaba, ni su figura, ni su conversación, análoga á la de la mayoría de las personas que á uno le presentan, justificaban realmente el tono misterioso y las reticentes frases con que me anunciaron que me le presentarian, al modo con que se anuncia algún importante suceso.

Picada mi curiosidad, me propuse observar al barón, si era posible. Parecióme fino, con esa finura engomada de los diplomáticos, y guapo, con la belleza algo impersonal de los hombres de salón, muy acicalados por el ayuda de cámara, el sastre y el peluquero—goma también, goma todo—. En cuanto á lo que valiese el barón en el terreno moral é intelectual, difícil era averiguarlo en tan insípidas circunstancias. A la media hora de charla volví á pensar para mis adentros: «Pues no sé por qué hablan de este señor con tanto énfasis».

Apenas dió tin mì diálogo con el barón, pregunte á diestro y siniestro, y lo que saqué en limpio acrecentó mi curioso interés. Dijéronme que el barón poseía nada menos que un talismán. Si, un talismán verdadero: algo que, como la piel de zapa de Balzac, le permitía realizar todos sus deseos y salir airoso en todas sus empresas. Refiriéronme golpes de suerte, inexplicables á no ser por la mágica influencia del talismán. El barón era húngaro, y aunque se preciaba de descender de Tacsoni, el glorioso caudillo magyar, lo cierto es que el último vástago de la familia de Helynagy puede