—No se ande con bromas, Pedro—insistió el jefe, en tono significativo—. Fíjese en lo que hace y en lo que habla, que, á sus años, los hombres deben tener mucha prudencia, pero mucha. No provoque á la gente, trabajando cuando todos huelgan. Si no mirásemos á la edad, se lo diríamos de otro modo; y piénselo bien, y quédese en su casa, porque mañana no se le consiente entrar ¿lo oye?
Mientras el jefe hacía estas advertencias, el grupo rumoreaba, en marejada de furia. Iban armados de estacas, y, no pudiendo desahogar contra nadie más, empezaban á encolerizarse especialmente con el viejo terco.
—No sois nadie—gruñó él—para consentir ó no que yo entre. ¿Soy vuestro esclavo, por si acaso? Ahora es cuando os digo que entraré, y si es preciso pediré ayuda á la autoridad. ¡Pues hombre!
Cuando esto decía enérgicamente Pedro, de una calleja próxima desembocó Manueliña. Venía color de yeso, temblorosa. Lanzándose hacia el grupo, gritó:
—¡Socorro, vecinos! ¡Matan á mi abuelo!
La verdad era que nadie le había tocado aún al pelo de la ropa. Los huelguistas enseñaban los dientes, sin decidirse á morder; y dijérase que misteriosa valla de veneración á la ancianidad y al derecho de aquel hombre, que no pedía sino trabajar para mantener á una niña, les contenía,