obligándoles á permanecer à cierta distancia, á pesar de las crispaciones de sus puños en torno del garrote, que deseaban blandir. La llegada de Manueliña, al pronto, les distrajo; fué una nota patética, á que sus almas respondían. La criatura acudía en defensa de su único amparo en el mundo, de su abuelo. En sus ojos, habia extravío de locura. Un huelguista hasta la consoló.
—No hay duda, Manueliña, con tu abuelo nadie se mete...
En el mismo momento, y sin duda atraídos por los gritos de la muchacha, apareciéronse por allí cuatro guardias y un cabo de ronda. Venía la fuerza pública como á remolque, nada deseosa de emprender cuestión, porque aquellos enredos de huelgas eran el diablo, y el que más y el que menos de los guardias es amigo, vecino, compadre de alguno de los amotinados; pero al fin, tenían órdenes, y venían á ver qué demontres pasaba allí! Como viesen que nada pasaba realmente, retrocedieron, y se enhebraron por una de las callejuelas, afectando prudencia y disimulo. Pero su presencia, como un latigazo, había embravecido á los huelguistas.
—A nosotros no nos meten miedo los guardias.
—Ya no falta más que echarnos encima la fuerza.
—Los más bribones son los hijos del pueblo que la llaman...
—Concho con los vendidos!