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DURANTE EL ENTREACTO
El silencio de la alcoba—silencio casi religioso—se rompió con el sonar leve de unos pasos tácitos y recatados, que amortiguaba la alfombra espesa. El bulto de un hombre se interpuso ante la luz de la lamparilla, encerrada en globo de bohemio cristal. La mujer que velaba el sueño del niño, dormidito entre los encajes de su cuna, se irguió, y, anhelante de ansiedad, miró fijamente al que entraba así, con precauciones de malhechor.
—¿Traes eso?
—¡Chis! Aquí viene.
—¿Se han fijado?
—Nadie. El portero, medio dormío estaba. El criado abrió sin mirar. Le dije que venía á ver á la parienta...
—Como de costumbre. ¡Digo yo que no habrán extrañao...!
—Que na, mujer. Ni ¿cómo iban ellos á pensarse...?