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Página:Cuentos trágicos (IA cuentostragicos00pard).pdf/76

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—No se les ocurrirá, me parece...

—¡Ea! ¡No moler! ¿Qué se les va á ocurrir, imbécila? Ni ¿quién lo averigua luego? De un tiempo son y en la cara se asemejan: ¡causalidás!

El hombre se desembozó. La mujer, envalentonada, hizo girar la llave de la luz eléctrica, y la lámpara, astro redondo formado por sartitas de facetado vidrio, alumbró la suntuosa estancia. Forradas de seda verde pálido las paredes; de laca blanca, con guirnaldas finas de oro, el lecho matrimonial; de marfil antiguo el Cristo que santificaba aquel nido de amor, y en cuna también laqueada, con pabellón de batista y Valenciennes, la criaturita fruto de una unión venturosa... Los ojos del hombre registraron con mirada zaina, artera, el encantador refugio, y se posaron en el chiquitín, que ni respiraba.

—Desnudale ya—ordenó imperiosamente á la mujer.

Ella, al pronto, no obedeció. Temblaba un poco, y sentía que se le enfriaban las manos, à pesar de la suave temperatura de la habitación.

—Miguel—articuló, por fin, miá lo que haces antes que no haiga remedio... Miá que esto es mu gordo, Miguel.

El hombre había depositado sobre la meridiana de brocado rameado, igual al que vestía la pared, un bulto informe. Era algo envuelto en raído y pingajoso mantón.